Por Jorge Manrique, Rector del Colegio Jurista y director general de Gobierno de Calidad, consultoría de políticas públicas
El autoaprendizaje es un eje central de la educación superior. Las universidades tienen el rol de acompañar, mediar y ofrecer herramientas para que los estudiantes desarrollen autonomía, autorregulación y capacidad crítica.
La capacidad de planificar, gestionar y evaluar el propio proceso de aprendizaje, motivado por el deseo de aprender y sostenido por la autoconfianza resulta crucial en nuestra era. Y así, sin anunciarlo, se convierte en un eje de los planes de estudio universitarios, la materia que subyace en cada asignatura y trabajo extra curricular.
Implica autorregulación, es decir, que el estudiante pueda establecer metas, monitorear su progreso y ajustar estrategias.
La metacognición es clave: reflexionar sobre cómo se aprende, reconocer fortalezas y debilidades, y transferir aprendizajes a nuevos contextos.
Pero las universidades no desaparecen en un mundo de autoaprendizaje; al contrario, su papel se transforma. Algunas formas de reinvención aparecen con:
- Mediación docente. Los profesores ya no son solo transmisores de conocimiento, sino facilitadores y guías que enseñan estrategias de autorregulación y acompañan el proceso.
- Entornos inclusivos y flexibles. Las instituciones deben crear espacios que permitan a cada estudiante avanzar a su ritmo, con modalidades híbridas y digitales.
- Cultivo de autonomía. Se fomenta que los estudiantes aprendan a aprender y desarrollar competencias transferibles más allá del aula.
- Evaluación formativa. La universidad impulsa la autoevaluación y la retroalimentación constante, más que exámenes estandarizados.
- Ética y comunidad. El autoaprendizaje no es aislamiento. Las universidades deben garantizar que la autonomía se viva en comunidad, con valores de justicia, inclusión y colaboración.
El autoaprendizaje puede parecer que resta importancia a la institución, pero en realidad exige que las universidades se reinventen como ecosistemas de acompañamiento.
Al promover la autorregulación y la metacognición, las universidades forman profesionales capaces de enfrentar la incertidumbre y el cambio constante.
Ahora, no todos los estudiantes llegan con las mismas habilidades de autonomía. Por ello, la universidad debe ser un espacio de equidad y apoyo.
El autoaprendizaje puede verse como un acto ceremonial de confianza y memoria, donde la universidad ofrece el espacio y los símbolos para que cada estudiante transforme su deseo de aprender en práctica comunitaria. La institución se convierte en un acompañante ético que dignifica la autonomía, evitando que se convierta en soledad o desarraigo.
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